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En el marco del Día Mundial para la Prevención del Suicidio, la Universidad Nacional destaca la importancia de reconocer cambios en el comportamiento, escuchar sin juzgar y activar redes de apoyo ante situaciones de riesgo.

Una persona puede atravesar una situación de sufrimiento emocional sin que quienes la rodean lo perciban. Cambios repentinos en el comportamiento, como pueden ser:  el aislamiento, las expresiones de desesperanza, comentarios  o publicaciones relacionados con la muerte pueden constituir señales de alerta que requieren atención.

En el marco del Día Mundial para la Prevención del Suicidio, que se conmemora cada 10 de setiembre, especialistas de la Universidad Nacional (UNA) hacen un llamado a fortalecer la capacidad para reconocer estas señales, acercarse a quienes atraviesan una situación difícil, escuchar sin juzgar y facilitar el acceso oportuno  de ayuda profesional.

Los datos de atención psicológica de la UNA durante 2026 permiten dimensionar parte de esta realidad dentro de la comunidad estudiantil. En este periodo se realizaron 117 entrevistas de valoración psicológica y 163 personas recibieron atención en procesos de psicoterapia individual breve. Además, se registraron 19 atenciones por crisis emocionales y 18 referencias acompañadas a estudiantes que requerían atención en la Caja Costarricense de Seguro Social (C.C.S.S.)».

Uno de los datos que adquiere especial relevancia corresponde a las 45 personas que presentaron ideación suicida activa durante los procesos de psicoterapia individual. La cifra evidencia la necesidad de fortalecer las capacidades para identificar señales de riesgo y actuar de manera oportuna.

En este contexto, comprender el comportamiento suicida permite dimensionar por qué una expresión de sufrimiento no debe ignorarse. Helga Arroyo Araya, académica de  la escuela de psicología, explica que el suicidio se entiende como un continuum autodestructivo que produce una afectación psicosocial y cuyo propósito no es acabar con la vida, sino con el sufrimiento.

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Desde esta perspectiva, existe una progresividad en sus fases: ideación, amenaza, gesto, intento, suicidio y sobrevivientes. Las dos primeras resultan particularmente importantes para la prevención porque permiten identificar señales antes de que la situación avance.

La ideación se relaciona con pensamientos recurrentes sobre el deseo de morir, mientras que la amenaza corresponde al momento en que esos pensamientos se expresan mediante palabras. Las verbalizaciones explícitas e implícitas de dolor emocional rara vez constituyen hechos aislados y pueden ser expresiones de un profundo sufrimiento.

Por ello, cuando aparecen estas expresiones, las personas cercanas pueden intervenir desde la escucha y el acompañamiento. “Interesándonos y escuchando sin juicios. Ofreciendo presencia, ternura, cuidado, compañía, calidez en la pregunta ¿cómo estás?”, señala Arroyo. A partir de ese acercamiento, la persona puede recibir apoyo para buscar ayuda especializada y, si es necesario, activar el servicio de emergencias mediante el 9-1-1″.

Así, reconocer las señales de alerta no implica diagnosticar a una persona, sino prestar atención a cambios que pueden indicar que atraviesa una situación de sufrimiento. Entre ellos se encuentran el aislamiento de familiares, amistades o compañeros; cambios importantes en el estado de ánimo; expresiones persistentes de desesperanza, culpa o inutilidad; alteraciones marcadas en los hábitos cotidianos y manifestaciones relacionadas con la muerte, con no querer vivir o con no querer continuar.

También requieren atención las expresiones directas sobre hacerse daño o morir, así como cambios repentinos después de un periodo de angustia intensa. Una señal aislada no permite determinar por sí misma el nivel de riesgo. Sin embargo, cuando existen varias señales, estas se mantienen en el tiempo o una persona expresa directamente que está pensando en hacerse daño, la situación debe tomarse en serio y requiere buscar ayuda.

Ante un cambio que genere preocupación, los especialistas recomiendan acercarse desde la empatía y abrir un espacio para conversar. Preguntar de manera directa cómo se siente la persona o si ha pensado en hacerse daño no provoca una conducta suicida. Por el contrario, una conversación respetuosa puede permitir que exprese lo que está viviendo y facilitar la búsqueda de apoyo.

En ese proceso, escuchar sin juzgar resulta fundamental. También es importante evitar reproches, amenazas, consejos o frases que minimicen el sufrimiento, como todo va a estar bien, tenés que ser fuerte o hay personas que están peor. Quien acompaña tampoco necesita tener todas las respuestas; puede ayudar a identificar una red de apoyo y facilitar el contacto con profesionales capacitados».

Cuando una persona manifiesta de manera directa que quiere morir o hacerse daño, se encuentra en una situación de riesgo inmediato o ha realizado un intento de suicidio, la prioridad es garantizar su seguridad, no dejarla sola y buscar atención profesional o de emergencia. El acompañamiento tampoco termina cuando pasa el momento crítico, pues el seguimiento profesional y las redes de apoyo son importantes para favorecer la recuperación.

Precisamente, la prevención no depende únicamente de los servicios de Psicología. Familiares, amistades, compañeros de estudio, docentes, personal administrativo y otras personas que forman parte de las redes cotidianas también pueden contribuir a detectar cambios y facilitar el acceso a ayuda.

En el ámbito universitario, esta responsabilidad adquiere especial relevancia porque las personas estudiantes pueden enfrentar situaciones académicas, económicas, familiares y sociales que inciden en su bienestar emocional. Por eso, la UNA ha desarrollado acciones para fortalecer las capacidades de su comunidad.

Desde 2021, más de 300 personas han participado en procesos de capacitación y 104 cuentan con certificación. El modelo vigente desde 2024 contempla 12 horas de formación distribuidas en sesiones virtuales y trabajo individual, con contenidos relacionados con ansiedad, estrés, violencia, ideación suicida y conductas agresivas.

A estas acciones se suma el protocolo institucional para la identificación del riesgo y la letalidad, la contención de situaciones de crisis y el reconocimiento de factores protectores. Para la especialista, conocer estas herramientas permite que la comunidad universitaria tenga mayores capacidades para actuar ante situaciones de riesgo.

La institución también declaró en junio una emergencia institucional en materia de salud mental y posteriormente reforzó sus mecanismos de atención y prevención. Estas medidas forman parte de una respuesta orientada a ampliar las redes de apoyo y mejorar la capacidad de la comunidad universitaria para identificar y atender situaciones de crisis.

Sin embargo, la prevención trasciende las acciones institucionales. Elías Córdoba Chaves, psicólogo del Departamento de Orientación y Psicología, destaca que una comunidad capaz de acompañar a quienes atraviesan situaciones de sufrimiento puede convertirse en un factor de protección. “Una escucha activa, una palabra de aliento y el apoyo incondicional pueden salvar una vida. Todos, como seres humanos, tenemos una corresponsabilidad unos con otros. El mayor factor protector, por ser seres sociales, es el apoyo que nos podemos brindar como comunidad. Por lo tanto, el vínculo es uno de los factores más importantes”, señaló.

De ahí que la prevención no deba concentrarse únicamente en el 10 de setiembre. Requiere conversaciones permanentes sobre bienestar emocional, vínculos saludables y búsqueda de ayuda.

Ante una situación de emergencia o peligro inmediato, se debe contactar al 9-1-1 o acudir al servicio de emergencias más cercano.

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